Luego de que el papa Benedicto XVI abdicara una de las esperanzas que corrieron en torno a su sucesor es que éste podría ser más joven (relativamente) con una mentalidad más acorde con los tiempos. Alguien que se animara a reformar una iglesia anquilosada, en crisis y plagada de escándalos.

En esos entonces, cuando estábamos en vísperas del cónclave, escribí esto en otro sitio:

El sucesor de Benedicto XVI enfrenta una problemática que va muchos más allá de homosexualismo y pederastia (que no son poca cosa) por lo que se debe pensar ya en una reforma que saque a la Iglesia del siglo dieciocho y la catapulte al veintiuno.

Tiene que regresar la iglesia a sus seguidores, quitarle esa imagen de gerontocracia cuyo único fin es la comodidad y los lujos; debe de regresarla a la calle, al campo, a la cocina, a los sitios donde la gente real vive y muere.

Llevarla de regreso a ese sencillo mensaje original.

Ya que, en caso de seguir por ese camino, la institución está poniendo en juego su propia existencia. Tal vez no en una década o una generación, pero a largo plazo, podría firmar su propia extinción.

Debo de reconocer que en el momento que salió Jorge Mario Borgoglio (anunciado con el inédito nombre de Francisco) pensé que lo que estábamos viendo era más de lo mismo. Otro senecto cardenal que seguiría con la ya tradicional postura de la iglesia de no reformar ni sus credenciales.

No es que a mí me interese mucho el tema, de hecho soy orgullosamente apóstata desde hace más de 20 años y ateo por más de 10. Sin embargo la Iglesia Católica sigue siendo un factor determinante para la realidad de mi país y prácticamente para una gran mayoría de habitantes de este hemisferio, por lo que lo que ocurra con ellos, pasa a ser fenómeno de importancia social.

El tema es que el Papa Francisco me ha ido convenciendo de que lejos de elegir continuidad, el último cónclave dejó un pontífice que está haciendo ruido, y mucho.

Comenzó con el sencillo hecho de pagar su propia cuenta y recoger sus pertenencias del hotel en el que se había hospedado para el cónclave y ha continuado con varias medidas que aunque parecen sencillas aplican muy bien al muy nacional y político dicho de “forma es fondo”: desde usar un auto común y corriente hasta subir al avión llevando su propio portafolios.

Y claro que este tipo de desplantes poco a poco van generando controversia, incluso dentro de la propia jerarquía católica que está viendo como el Papa, además de renegar de la pompa y el lujo del alto clero, comienza a cuestionar temas consideradas como intocables.

Dijo Francisco que los ateos, cuando son buenos, tienen redención, una declaración bastante fuerte y que atenta directamente con aquello  de “fuera de la Iglesia Católica no hay redención”. Al día siguiente no tardó un comunicado oficial en afirmar que, a pesar de todo, los ateos se iban al infierno sin tocar baranda.

(Por su parte lo ateos afirmaron que los dirigentes católicos estaban discutiendo sobre si invitarlos a una cena a la que estos, de cualquier forma, no querían asistir).

Esta vez, el marco de la Jornada Mundial de la Juventud en Río de Janeiro, el Papa aprovechó para poner de nuevo de cabeza a la jerarquía. No sólo se fue sobre el tema de pobreza sino que incluso hizo un llamado a los religiosos a enfocarse en “la periferia y no en el centro”.

En los pobres y no en los que tienen recursos.

Y, para mayor desdicha de los intereses de la jerarquía más tradicionalista, se despidió pidiendo respeto para los homosexuales al decir en una rueda de prensa en el avión de regreso a Roma: “¿Quién soy yo para juzgarlos?”… Una nota que merece las ocho columnas.

Nuevas ideas y nuevas formas; el Papa Francisco muy bien podría ser el aire fresco que requiere la Santa Sede.

¿Le dará tiempo el tiempo? ¿Podrá con el status quo del Vaticano?

Ya tendremos tiempo para verlo